RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS

De la guerra civil al exilio. Los republicanos españoles y México.

Indalecio Prieto y Lázaro Cárdenas.

Abdón MATEOS

Madrid, Biblioteca Nueva, 2005.

Precio: 14 €

El profesor Mateos, a través de años de docencia e investigación, ha adquirido la solvencia que demuestran sus libros anteriores, entre los que destacan: El PSOE contra Franco (1993), Exilio y clandestinidad (2002) y La contrarrevolución franquista (2003). Pero no se ha detenido ahí su ingente labor, sino que ha escudriñado en los archivos españoles y mejicanos, ha organizado Congresos, coordinado libros y fundado una asociación de historiadores con mucho futuro por delante.

Son numerosos los historiadores que se han acercado y se acercan al estudio del exilio español, de hecho hoy existen en el país varias asociaciones dedicadas al mismo, todas con igual empeño y dedicación, todas con igual falta de medios. Sin embargo, me temo, es posible que esa aproximación, que no despierta demasiado entusiasmo entre colegas y lectores por motivos bien distintos, se haya producido demasiado tarde. Bien es verdad que tenemos muchos documentos, pero hemos perdido a la mayoría de los protagonistas y, con ellos, muchos materiales que habrían servido para completar los trazos de la parte de nuestra historia que yace al otro lado del Atlántico.

Abdón Mateos lleva tiempo interesándose por esa historia que se nos va de las manos como una pompa de jabón. Ahora nos presenta De la guerra civil al exilio, un trabajado libro que se adentra en los pormenores de las relaciones entre España y México, unas relaciones que –según explica Mateos- no nacieron al calor de la guerra civil, sino que tuvieron su origen en las postrimerías de la revolución mejicana, en el interés que muchos intelectuales y políticos españoles demostraron por aquel fenómeno tan lejano geográficamente como próximo culturalmente, interés que como dice el autor de este libro, estaba estrechamente ligado a las luchas que en España se llevaban contra la monarquía y la dictadura de Primo de Rivera, pues decayó tras la instauración de la República, aunque no tanto como para que México, después de la traición militar, fuese el único país que ayudó desinteresadamente, con armas y alimentos, al régimen democrático español. A pesar de que Marcelino Domingo, Álvarez del Vayo y Luis Araquistain mostraron siempre un especial afecto por la nación hermana, lo cierto y verdad es que tras la victoria de los africanistas, fueron Indalecio Prieto, Nicolau D’Olwer, José Giral y Carlos Esplá, por un lado, y Lázaro Cárdenas, Gilberto Bosques, García Téllez, Luis I. Rodríguez, Castillo Nájera, Quintanilla y, entre otros, Isidro Fabela quienes, contra vientos y mareas, lograron la evacuación a México de casi treinta mil refugiados españoles. No fue –y de ello da cumplida cuenta Abdón Mateos- tarea fácil que la Administración mexicana, infiltrada de elementos de muy diversa procedencia ideológica, ni la población autóctona, ni los emigrantes españoles de antaño –en su mayoría partidarios acérrimos de Franco- aceptasen la decisión de Cárdenas y el posterior acuerdo franco-mexicano. Tampoco ayudó demasiado la normal división existente entre los exiliados españoles, y digo normal porque cuando se pierde una guerra y un régimen por el que se ha luchado tanto y tan de veras, cuando se es consciente de que se deja una patria destruida y a millones de españoles bajo una sangrienta dictadura –otras cuestiones aparte- es difícil, si no imposible, la unidad de acción. Mateos nos explica con claridad y con toda suerte de documentos, esas relaciones internas: Las de los refugiados entre sí, marcadas por la herencia de la derrota y el sentimiento de abandono por parte de las democracias; la de las autoridades mexicanas, unas veces determinadas por el altruismo, otras por dificultades e intereses no suficientemente estudiados.

Sí los apremios del embajador Luis I. Rodríguez sobre la terrible situación de los refugiados españoles en la Francia de Petain y en África del Norte y la palabra de Cárdenas eran un aval para los españoles leales, en contra jugaban las artimañas de las autoridades filonazis francesas, la falta y carestía de los embarques, la presión de los grupos reaccionarios mexicanos y los peligros que suponía atravesar el Mediterráneo con la armada alemana surcando sus aguas. Abdón Mateos parte, como debe hacerse, de las raíces para llegar a las ramas del árbol, un árbol grande, fructífero, pero para cuyo crecimiento fue necesario el esfuerzo de muchos en medio del desasosiego y la guerra. Lázaro Cárdenas, al ordenar a su embajador en Vichy que acogiese a todos los refugiados españoles "en la cantidad que fuese" e Indalecio Prieto, al iniciar los preparativos para acoger –con todas las dificultades imaginables- a una ingente cantidad de personas, la mayoría con alta cualificación profesional e intelectual, aparecen como los máximos responsables de aquella aventura sin parangón. Pero no son protagonistas en solitario, el libro de Abdón Mateos nos trae retazos de las vidas de Max Aub, Fernando de los Rios, Enrique Díez Canedo, Gordón Ordás, Luis Nicolau D’Olwer, Torres Bodet, Ávila Camacho, Martín Guzmán, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Carlos Esplá, Juan Negrín, José Miaja, Vicente Lombardo, Sánchez Ocaña y tantos otros actores de aquel periodo tan amargo para los españoles como fructífero para México.

Si el acceso al gobierno de Ávila Camacho despertó en un principio serios resquemores entre los exiliados, sobre todo ente los seguidores de Prieto, la llegada de Miguel Alemán al poder en 1946 inquietó mucho más. Había corrido el rumor de que establecería inmediatamente relaciones con la dictadura franquista. No fue así –como bien explica Mateos-, pero desde entonces quedó establecido un modus vivendi entre la dictadura franquista y los Estados Unidos de México que, aun sin reconocer a Franco, permitía relaciones comerciales y diplomáticas entre los dos países.

En definitiva, se trata de un buen trabajo de Abdón Mateos que aporta un poco más de luz a esa parcela de la historia que parece diluirse con el paso del tiempo. A ella debemos entregarnos sin más dilación, con más medios, con más entusiasmo, con más investigadores, siguiendo los pasos iniciados por Juan Marichal, José Luis Abellán, Francisco Caudet, Nicolás Sánchez Albornoz, Alicia Alted, María Fernanda Mancebo, Manuel Aznar Soler, Ángeles Egido, Mirta Núñez o Matilde Eiroa, entre otros muchos que no quiero olvidar. El tiempo corre en contra, trabajos como el del profesor Mateos no hacen más que rescatar fragmentos de nuestro pasado que ese torbellino imparable trata de ocultar para siempre.

Pedro L. Angosto

Universidad de Alicante

 

María Lejárraga. Una mujer en la sombra

Antonia RODRIGO

Madrid, Algaba, 2005

365 pp.

Antonina Rodrigo nos lleva a través del laberinto de la mujer como género,
en el primer tercio del siglo XX, mirada en el espejo de María Lejárraga.
Autora de casi cien obras de teatro y ensayo, la mayor parte de ellas bajo
el nombre de su esposo, Gregorio Martínez Sierra, hoy sale de un injusto
anonimato gracias a la experimentada mano de Antonina Rodrigo, que ha ido al fondo de su rica biografía. Autora teatral, libretista de zarzuelas,
cronista de espectáculos en El Imparcial y colaboradora en Blanco y Negro
con la firma de su esposo, entre otros territorios a los que María Lejérraga
dedicó sus esfuerzos y su capacidad. A ello se suman sus tertulias con
músicos y pintores, dramaturgos y poetas de la época, que nos permiten
seguir el hilo de la vida intelectual y artística de la capital. En su
semblanza se muestra a una autora que, siendo brillante en su territorio, se
anula voluntariamente en pro de la figura de su marido. Gregorio Martínez
Sierra, de gran «espíritu mercantil», las hace suyas, las lleva a la escena
y se convierte en uno de los empresarios más relevantes de la escena
madrileña en los años 20 y 30.


La autora explica, a través de la biografiada, la génesis de la mujer
moderna hasta llegar a nuestra actualidad. Ésta no sólo se encuentra en el
feminismo de vanguardia, muy limitado en España hasta la década de los
treinta, sino también en la mujer del hogar, que conforma la realidad de la
mayor parte de las féminas a través de los tiempos. Una mujer que empieza a
ser valorada intelectualmente pero, que sigue sometida emocionalmente a unos cánones, sociales y morales, que la colocan en la retaguardia. Ella seguirá
siendo, por propia voluntad, la esposa de Gregorio Martínez Sierra, incluso
cuando ya se haya roto el vínculo matrimonial por la infidelidad del marido.
Hasta en este punto María Lejárraga expresa una actitud y una mentalidad
clásica en la mujer casada de la época. Durante largo tiempo, quizás todo el
que pudo, ella miraba hacia otro lado, sin darse por enterada, de los
amoríos de su marido con la actriz Catalina Bárcena.

En un contrato autoimpuesto y sostenido públicamente, María Lejárraga exige que sus obras se firmen con la filiación marital, aún cuando ya es conocido en los círculos teatrales que las obras firmadas con dicho nombre sólo salen de su mano. Esto la convierte en un caso excepcional en el mundo literario, de inmolación en pro de un amor perdido, pero que aún anida en su corazón.


En el relato de su infancia y juventud están los vectores para entender su persona y su obra. Nacida en un sitio tan evocador como San Millán de la
Cogolla (La Rioja), se traslada con toda su familia a Madrid, al ser
nombrado su padre, médico del orfanato. Esta circunstancia le dieron a
conocer a María, desde temprana edad, la miseria de los otros. El alto nivel
cultural de su madre, alumna de Francisco Giner de los Ríos, permitió a
María y a sus hermanos, educarse en la filosofía del progreso, del
republicanismo y de la igualdad, incluso siendo una mujer . La joven
Lejárraga se hace maestra, una de las contadas profesiones a las que tenía
acceso la mujer entonces. Su experiencia en la enseñanza de las primeras
letras a los hijos del proletariado madrileño le labraría una sensibilidad a
favor de las clases humildes, que abrirán el camino para su vinculación con
la República y el socialismo. María, a pesar de sus contradicciones, fue un buen ejemplo del quehacer de una mujer independiente. Durante años sostuvo con su sueldo de maestra el hogar, mientras colaboraba en la revista Helios, crisol del vanguardismo modernista. Aún así, ella se obstinaba en permanecer en la sombra: «Casada, joven y feliz, acometióme ese orgullo de humildad que domina a toda mujer cuando quiere de veras a un hombre. Pues que nuestras obras son hijas de legítimo matrimonio, con el nombre del padre tienen honra bastante» (María Martínez Sierra, Gregorio y yo, pp.29-30). Esa inmolación en pro de una pareja, por lo demás bastante casquivana, se

consideraría hoy de características potológicas.


A través del libro de Antonina Rodrigo podemos seguir la genealogía de la mujer en la retaguardia social, su lugar más común, pero también en la
vanguardia intelectual. Sólo su excepcional talento la saca de ese mundo
privado para el que ha sido educada, pero no la cambia por dentro. A lo
largo de su vida productiva en la dramaturgia, ella insiste en que no firma
sus obras porque solo él es importante. Mentalidad y actitudes que expresan
vivencias de siglos y que sólo la avalancha de datos de nuestra era
contemporánea, demuestran que la mayor parte de las obras escritas bajo el
nombre de Gregorio Martínez Sierra, proceden de la mano de María Lejárraga,
su esposa. Algo que ha debido ser ciertamente común en la historia pero que,
en pocas ocasiones, se puede probar como en ésta. María Martínez Sierra, como firmaba, a la anglosajona, sería hoy ininteligible en el mundo cultural y, sin embargo, expresa a la perfección la educación que ha sufrido la mujer. Las empresas teatrales llevadas adelante por la Compañía Cómico-Dramática Gregorio Martínez Sierra, vertebrada por los esposos, son numerosísimas. Ambos también están presentes el Teatro Eslava de la capital, con la versión española del Teatro del Arte, que lleva a la escena más de 125 obras de autores noveles. Las obras estrenadas cuentan con una escenografía muy innovadora, en cuya construcción intervienen los artistas más notables del momento. Una profunda amistad de unía a Juan Ramón Jiménez y a Manuel de Falla, con quien colaboraría en diversas empresas, en particular en «El corregidor y la molinera», cuya música inspiraría al director de los Ballets Rusos,
Diaghilev, llegado a España. «La casa de los Martínez Sierra-nos dice la
autora- fue lugar de encuentro para los artistas rusos» (p.187) A esta
actividad se sumaba la desarrollada en el mundo editorial, donde publicarían
las obras maestras de la literatura universal. Aún le dio tiempo para
promover un montepío de actores, con el objetivo de socorrer a los artistas
en sus horas bajas.


María Lejárraga estaba profundamente interesada en la situación de la mujer de su época. Cuando el feminismo daba sus primeros pasos en España, la autora funda, con otras mujeres del mundillo intelectual, el Lyceum Club
Femenino, cuyas actividades estuvieron expresamente dirigidas a las mujeres
de clase media. La preocupación por la mujer marginal la llevó a estar
presente en la Sociedad Española de Abolicionismo-contra la prostitución
legal-desde su fundación. Por ello sería nombrada representante en el
Patronato de Protección de la Mujer.La gestación de la modernidad para la mujer, que tanto había costado y en la que había participado plenamente, la conduce a la actividad política. El mundo efervescente de la Europa de entreguerras la integra en el Comité Mundial de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo y ya en las elecciones de 1933, la vemos como candidata del PSOE, por el distrito de Granada.


La esperanza que trae consigo la República le hace irrumpir plenamente en la vida pública. María Lejárraga, que siempre se comprometía, interviene a favor de la justicia social allí donde fuera requerida, desde visitar las cárceles para su reforma hasta la fundación de comités de auxilio para la infancia. La traición de los militares rebeldes le llevan a un posicionamiento
contundente. Mientras otras mujeres de su posición escondían sus
compromisos, María Lejárraga es una mujer beligerante contra los
insurrectos y un entorno internacional poblado de Pilatos. Sus palabras son
contundentes para describir la actitud de León Blum: «Nos lloró antes de que
muriésemos, tan convencido estaba de que la puñalada que se creía obligado a darnos era mortal de necesidad» (p.310). Su compromiso le lleva a ayudar,
con sus medios privados, a aquellos exiliados que llegaban a su domicilio en
Francia, colabora con todas sus fuerzas en una colonia de niños evacuados en Bélgica y participa en más de cuarenta mítines en Flandes, para intentar
cambiar el designio inamovible del Comité de No Intervención.
Antonina Rodrigo, que ha sabido dibujar biografías de mujeres tan
vanguardistas como Mariana de Pineda o la médica anarquista Amparo Poch,
ahora ha dibujado con sus palabras la mujer del siglo XX, tradicional pero
a la vez, inevitablemente moderna, bregando fuera del hogar y participando
en la vida pública. Quizás las palabras elegidas por Arturo del Hoyo, autor
del prólogo, definan mejor que otras, este modelo de mujer: «A la mujer
española abnegada, heroica, ejemplar entre todos los horrores, la angustia y
la desesperanza. Porque a cada hora de la batalla de Madrid, no hubo virtud
de que no diera ejemplo. Y hoy, cuando nadie recuerda lo que recibió de
ella, sigue perpetuando anónima, su vida sencilla. Sigue erguida y en calma,
sin rencor por el daño que se le ha hecho» (Vicente ROJO, Así fue la defensa de Madrid.


Tras la derrota, no era mujer de pararse a llorar y sufre la suerte del
exiliado de a pie, sin relaciones ni fortuna. Cuando la localiza el Comité
Internacional de la Cruz Roja la encuentra depauperada y en la miseria, casi
ciega, en compañía de su hermana. La suerte de tantos exiliados se puede
seguir en su huella, al igual que la de un país que vio extirpado su
despertar a la modernidad. Antonina Rodrigo ha bruñido la llave del recuerdo
a través de una mujer que llevó, en sí y casi a pesar suyo, el despertar de
la mujer al progreso en España.

Mirta Núñez Díaz-Balart

Universidad Complutense de Madrid

 

Juan Negrín

Gabriel JACKSON y Víctor ALBA

Barcelona, Ediciones B, 2004

267 pp.

La personalidad de Juan Negrín, último presidente de gobierno de la República española, ha sido objeto de considerable atención historiográfica durante los últimos veinte años. Entre los estudios recientes podemos citar su lograda biografía, centrada en su acción de gobierno durante la guerra civil, de Recardo Miralles. A los estudios de historiadores profesionales hay que añadir la existencia de diversa literatura histórica e, incluso, de escritos de combate político, de personajes coetáneos de los hechos como Santiago Álvarez, Francisco Olaya o Víctor Alba. La relevancia de Negrín para la conciencia histórica de los españoles es demostrada por la existencia de un uso público del personaje que culminará el próximo año con la conmemoración del cincuentenario de su muerte. Esta celebración culminará diversas actividades de una política de la memoria de la España democrática hacia Negrín que ha incluido reparaciones económicas de los gobiernos de Suárez y González, erección de monumentos, constitución de fundaciones y celebración del centenario de su nacimiento.

Esta relevancia de la memoria de Negrín en la conciencia histórica de los españoles parece que está influyendo en la construcción de una leyenda blanca en torno al protagonismo del personaje en la resistencia antifascista. De esta manera, Negrín sería el principal símbolo de la resistencia contra Franco.

Dentro de esta óptica a medio camino entre la memoria y la historia, se encuentra el breve ensayo biográfico de Gabriel Jackson al que se ha añadido un escrito póstumo de combate político del prolífico publicista, antiguo militante del POUM, Víctor Alba/ Pere Pagès Elíes con el título de El manipulador manipulado.

El ciudadano Jackson, naturalizado español recientemente tras más de veinte años de residencia en España y medio siglo de dedicación intelectual al pasado reciente español, lleva algún tiempo interesándose en la biografía de Negrín. Desgraciadamente, este ensayo biográfico en escasa medida ha podido incorporar las últimas investigaciones de otros historiadores y la consulta del archivo privado del personaje. Sin duda, la reciente apertura de los archivos privados de personalidades de la Segunda República como Juan Negrín, Indalecio Prieto, Carlos Esplá, Pablo de Azcárate o José Puche permitirán una revisión historiográfica de ciertos aspectos de la guerra civil y del exilio.

El breve ensayo biográfico de Jackson incluye capítulos sobre la juventud de Negrín y los años del exilio pero tiene como centro la acción de gobierno de Negrín, aunque no añade nada nuevo a los debates historiográficos en torno al final de la Segunda República y la división del socialismo español. Quizá donde la biografía resulta más insuficiente, como el mismo autor reconoce, es en el estudio de la ayuda a los refugiados y la gestión del «gobierno» en el exilio durante la Segunda Guerra Mundial. En este sentido, el autor sigue los escritos de combate político de Amaro del Rosal para concluir que la intervención del gobierno mexicano contra la Junta de Auxilio a los Refugiados Españoles se debió a la malversación de fondos por Indalecio Prieto. Asegura, además, que Negrín y sus colaboradores del Servicio de Evacuación de refugiados contribuyeron regularmente a la ayuda de los exiliados en la Francia de Vichy. Gabriel Jackson no entra en el núcleo del pleito entre Indalecio-Negrín en torno al final de la resistencia y la ayuda a los exiliados.

No hay nada más revelador que a mitad de enero de 1939, poco antes de que se produjera el hundimiento del frante catalán y una riada humana de más de medio millón de españoles, Negrín firmara en Barcelona con el encargado de negocios soviético, Marchenko, un empréstito de cincuenta millones de doláres para la compra de armamento cuando ya se habían agotado las reservas de oro del Banco de España. Hay que destacar, además, que Negrín desoyó reiteradamente la decisión de la dirección del PSOE para encargar a Prieto la gestión de la ayuda a los refugiados. Por último, Negrín mantuvo una significativa diferencia de criterio con Prieto en la última reunión conjunta en París con la dirección del PSOE en julio de 1939 pues el ex presidente del gobierno sostenía que había que reservar los restos del patrimonio español situados en el extranjero para una futura restauración de las instituciones mientras que el líder socialista defendía la prioridad de su empleo en la ayuda a los refugiados en los campos de concentración en Francia.

En todo caso, el ensayo biográfico de Grabriel Jackson resulta un meritorio intento de resolver el «enigma» de Negrín desde un enfoque divulgativo y una actitud comprensiva del personaje.

Abdón Mateos

UNED

 

 

Niceto Alcalá-Zamora. Un liberal en la encrucijada

Julio GIL PECHARROMÁN

Madrid, Síntesis, 2005

422 pp.

Después de un largo periodo en el que la biografía como género histórico parecía un tanto desprestigiada, hemos asistido al fenómeno contrario, a un verdadero boom de recuperación del género que, reconsiderado, actualizado y con fuerza renovada, se ha instalado en las librerías por derecho propio. Y no cabe sino felicitarse por ello. Todo buen biógrafo sabe que a través de la vida de un personaje histórico debe vislumbrarse la época histórica que le tocó vivir. Lo difícil es encontrar el equilibrio entre una y otra sin que ambas se estorben o se ensombrezcan. No es el caso desde luego de la obra que comentamos. Julio Gil, veterano en estas lides, autor de otras biografías bien conocidas (especialmente la de José Antonio Primo de Rivera), especialista en la II República y asiduo analista de los partidos de la derecha republicana, se adentra ahora en la vida de un personaje polémico, complejo y, sin duda, imprescindible para entender las claves del periodo republicano: Niceto Alcalá-Zamora, primer presidente de la II República y figura destacada en los entresijos de la etapa histórica que precedió a la Guerra Civil. Y lo hace además con una definición explícita: la suya es una biografía política, es decir, centrada esencialmente en la trayectoria pública de un hombre de Estado y que recurre, por tanto, sólo en lo imprescindible, a la semblanza personal del biografiado.

A pesar de la declaración de intenciones, el autor traspasa a menudo los estrechos límites que él mismo reconoce haberse impuesto. Con un estilo directo, ameno y también didáctico, nos presenta la trayectoria vital de don Niceto siguiendo el esquema clásico de las biografías, es decir, desde que nace hasta que muere. Al margen de la investigación minuciosa que se advierte tras este libro, lo que ya en sí constituye un gran mérito, lo es aún más el que el autor, como buen historiador, sostiene una tesis, una interpretación ponderada que a lo largo de sus páginas va agrandándose y comprobándose. Una tesis que resulta común a muchos otros prohombres republicanos, pero de la que Alcalá-Zamora es un referente innegable, y que viene a refrendar una de las razones que explican el desenlace de la República en un enfrentamiento civil.

Una parte considerable de la clase dirigente del republicanismo histórico de los años treinta se había formado en los años de la Restauración, había nacido monárquica, se había educado en un clima de oligarquía y caciquismo, como resumió Joaquín Costa en su momento, y en un marco de predominio destacado de la Iglesia católica. Este republicanismo burgués, en el sentido menos peyorativo del término, se distanciaba por esencia y por voluntad de la derecha puramente monárquica, todavía con veleidades aristocráticas, y de la izquierda obrera, aún muy alejada de los verdaderos círculos del poder. Las opciones extremistas, "modernas" y "revolucionarias" en aquel momento, como el fascismo, el comunismo e incluso en cierto sentido el anarquismo, que en los primeros momentos del régimen republicano parecieron coquetear entre sí sin demasiada conciencia, no entraban en su universo cercano. Para unos, simplemente no existían. Para otros, eran demasiado minoritarias e inexpertas como para tomarlas verdaderamente en cuenta.

A esa clase dirigente pertenecían, sin duda, hombres como don Niceto y como el propio Manuel Azaña. Pero mientras el primero acusó inevitablemente esa rémora, el segundo se afanó en superarla. A poco que se conozca la trayectoria política, y humana, de ambos personajes, este libro ayudará a profundizar en las claves que explican su profundo desencuentro. Una relación en la que no hay culpables, aunque tal vez sí uno más culpable que otro. Y éste es otro de los aciertos de esta obra, porque todo biógrafo sabe que resulta muy difícil no simpatizar con el biografiado, por muy desagradable que a priori nos resulte el personaje. El profesor Gil Pecharromán ha sabido distanciarse lo suficiente del objeto de su interés como para presentarnos una interpretación objetiva de su figura política y de su enjundia personal, lo que no le impide, sin embargo, juzgar con objetividad las carencias, en uno y otro sentido, del hombre y del político. No era tarea fácil desde luego trazar la semblanza de una de las figuras históricas más unánimemente cuestionadas.

Para entender esta última afirmación, nos parece imprescindible adelantar algunas pinceladas sobre la vida del personaje. Como bien subraya el autor, conocemos básicamente al Alcalá-Zamora presidente de la República, pero ese quinquenio sólo constituye una parte mínima de su vida política. Antes había sido dirigente del liberalismo monárquico, ministro de la Corona, colaborador del conde de Romanones, adversario de Cambó y de la dictadura de Primo de Rivera. Hay, en efecto, mucha distancia entre el joven diputado de 1906 y el presidente de la República de 1931. La misma distancia que contribuye a explicar, a nuestro juicio, algunas de las razones por las que el proyecto democrático de la II República, o dicho de otro modo, la plasmación práctica de la trayectoria del liberalismo histórico español, no pudo cuajar. Y, en eso, la responsabilidad política de don Niceto es incuestionable.

No obstante, al lado del personaje polémico, que logró indisponerse con todos, aparece también el brillante abogado y tratadista del Derecho, el crítico literario con profundos conocimientos de Gramática, el hombre habituado a desenvolverse en el medio rural, con hábitos ¿por qué negarlo? todavía caciquiles y el padre de familia abnegado y atento. Todo eso fue don Niceto que comparte, una vez más, características comunes con otros miembros de su generación, porque a poco que se indague en ese grupo de hombres que pasaban la cincuentena cuando se proclamó la República, aparece un trasfondo común: su profunda preparación humanística, su indudable capacitación profesional, su raigambre liberal e, inevitablemente, su procedencia social, que hoy calificaríamos de burguesa. Porque sólo la burguesía, urbana –aún muy escasa- y sobre todo rural (de la que procedía don Niceto), podía permitirse el lujo de que sus vástagos accediesen a la universidad.

Acceder a la universidad y pertenecer a la clase ilustrada era una cosa. Tener realmente fortuna y medios económicos acordes con el tono de la familia, era otra. Don Niceto había nacido en Priego de Córdoba, un pueblo de la Andalucía profunda, en el seno de una familia liberal con prestancia social y algunas propiedades agrícolas, pero ya sensiblemente venida a menos. Huérfano de madre desde los tres años, su educación corrió a cargo de una tía, que también murió, y luego de una prima sólo quince años mayor que él. Consciente desde pequeño de las raíces de su familia, el joven cordobés no podía por menos que dedicarse a la política y que estudiar Derecho. Aunque ésta no era su verdadera vocación, el destino y los escasos medios económicos de la familia, que no podía sufragar el traslado a la Universidad de Granada, le obligaron a hacerlo por libre y desde Priego. Y lo hizo con inusitada brillantez. Brillante, desde luego, lo fue desde siempre. También dicharachero, "andaluz" en el mejor sentido del término, y gran trabajador. No en vano se ganaría enseguida el "don" inevitablemente precedente a su nombre. El joven provinciano pronto se abrió camino en Madrid donde instaló su bufete de abogado y donde inició, como no podía ser menos, su carrera política.

Si como hombre se forjó en el ambiente del liberalismo rural, marcado inevitablemente por el peso secular de la Iglesia y del caciquismo, como político se forjaría de pleno en el sistema de la Restauración, aportando una experiencia política de la que carecían muchos de los que compartieron responsabilidades con él en los años de la República, pero también ciertas debilidades que a la larga se volverían contra él. Como tantos otros prohombres del período, la evolución de los acontecimientos, la decadencia del sistema político heredado del siglo XIX, los propios errores de la Monarquía y el simple pragmatismo le acabarían abocando hacia el republicanismo, si bien demasiado escorado en su caso hacia lo que el autor define, no sin cautela, como centro-derecha.

A través de la evolución del propio Alcalá-Zamora se describe todo el proceso que explica y culmina en la proclamación de la República. Pero también las raíces profundas que la abocaron al desenlace fatal. El perfil que va dibujándose de don Niceto resulta sumamente revelador de las secuelas –en su caso demasiado evidentes- que la vieja política había dejado en el republicanismo democrático que luchaba por imponerse. En ese marco se entienden, pero también se agrandan, los choques con Azaña –un ejercicio interesante y aleccionador sería leer comparativamente la trayectoria de ambos personajes- y el corto cronológicamente –aunque largo y duro para quien lo recorrió- camino que desembocó en la polémica, pero deseada por todos, destitución del presidente. Don Niceto se la había ganado a pulso y el autor no lo encubre, aunque sí lo explica, y con convicción.

Las circunstancias que desembocaron en tan debatida decisión, así como la utilización partidista que se hizo a posteriori de la misma, últimamente muy aireada por los llamados revisionistas, quedan bien reflejadas en el libro y proporcionan la última paradoja del presidente destituido: mientras la disolución de las Cortes, con la consecuente convocatoria de las elecciones que darían la victoria al Frente Popular, se utilizó como excusa para justificar el Alzamiento, paralelamente se empleó como arma política arrojadiza contra el propio don Niceto, que no escapó, como tantos otros, a la represión, aunque en su caso se aplicara moral y económicamente, ya que no podía hacerse físicamente. Alcalá-Zamora murió en el exilio, prematuramente envejecido, solo políticamente y socialmente abandonado. Obviamente, no es misión de una reseña desentrañar las claves de un buen libro. Como en el cine, lo mejor es que el espectador (lector, en este caso), descubra –después de haber disfrutado con la trama- por sí mismo el desenlace.

 

Ángeles Egido León

UNED