Comentario de Libros
Enrique Moradiellos
Universidad de Extremadura
La Segunda República y el Maniqueísmo Histórico
El derrumbe de la Segunda República y la guerra civil.- Pío Moa.- Encuentro, Madrid, 2001
En más de un sentido, la última obra publicada por Pío Moa constituye la entrega final y apresurada de una especie de trilogía de ensayos histórico-políticos abierta por su libro Los orígenes de la guerra civil (1999) y continuada por Los personajes de la República vistos por sí mismos (2000). Y ello no sólo porque esta tercera publicación reproduzca sintéticamente la muy peculiar interpretación sobre la breve y agitada historia de la Segunda República (1931-1936) ya ofrecida en sus dos trabajos previos. Sino, ante todo, porque esta nueva entrega trata de incardinar dicha interpretación del quinquenio republicano en una suerte de visión general de la historia contemporánea española desde la Guerra de Independencia de 1808 y hasta la consolidación del régimen franquista tras su victoria incondicional en la guerra civil de 1936-1939.
La ambición conceptual del esfuerzo ensayístico emprendido resulta seriamente lastrada por los mismos defectos historiográficos que ya revelaban sus trabajos previos: persiste una notable simplificación abusiva de los complejos procesos históricos tratados; se acentúa la tendencia a lograr coherencia argumentativa a costa de mayores dosis de dualismo interpretativo claramente maniqueo ; y se evidencia una parcialidad acrítica en el uso selectivo de fuentes bibliográficas (y en igual medida hemerográficas). Sin olvidar que la supuesta "revisión a fondo de las versiones sobre nuestro pasado reciente más difundidas" (página 16) dista mucho de ser tan novedosa como afecta creer el autor (cuyas páginas sobre la guerra, según confesión propia, "no aspiran a decir nada nuevo"). Por estas mismas razones, resultan sorprendentes sus lamentos sobre el desinterés del mundo académico e historiográfico hacia sus obras y su halagadora creencia de ser objeto de una específica "conjura del silencio". Más bien cabría entender esa falta de atención como resultado del prudente escepticismo del gremio hacia unas tentativas ensayísticas que sólo renuevan y divulgan un paradigma interpretativo bien definido y muy debatido: el representado, ante todo, por el prolífico y desigual Ricardo de la Cierva; por tres notables historiadores militares, los hermanos Salas Larrazábal y el coronel Martínez Bande ; y por la escuela histórica liderada básicamente por Vicente Palacio Atard y de José Luis Comellas.
En su reactualización de las tesis básicas de esa amplia corriente historiográfica, Moa incurre reiteradamente en esquematismos reduccionistas que no siempre estaban presentes en los autores que le sirven de base. A su extremado juicio, por ejemplo (p. 18), la Segunda República "hizo volver a España, en cierto modo, a las convulsiones del siglo XIX" (como si la conflictividad socio-política de la crisis de la Restauración hubiera sido despreciable) y "adoptó enseguida un tono jacobino, marxista y libertario" (como si fuera comparable el bienio 1931-1933 y el primer semestre de 1936). En la misma línea, reitera que la guerra civil comenzó realmente con la insurrección socialista y catalanista de octubre de 1934 y que sólo la cerril intransigencia de "las izquierdas" hacia la mano tendida ofrecida por los "conservadores" de la CEDA arruinó la posibilidad de supervivencia de la democracia republicana. En consecuencia, tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936 fue inevitable el estallido de la guerra civil en virtud de "un peligro revolucionario que la derecha hubo de repeler" y no "por una amenaza fascista a la que se vio obligada a resistir la izquierda" (p. 9). Como corolario lógico, durante la contienda se habrían enfrentado un bando "nacional" y "conservador" bajo la forma política de un "poder autoritario, con fuertes elementos fascistas" y un bando "revolucionario" y "populista" que equivalía a "una práctica dictadura comunista con algunas apariencias democráticas" (p. 459). Y, por supuesto, contra toda evidencia, la intervención extranjera favoreció el esfuerzo bélico de la República en detrimento de Franco porque le dio "ventaja material y técnica" (p. 428). Sin que por eso el Ejército Popular lograra combatir con "el grado heroico que ello exigiría -y que alcanzaron en bastantes ocasiones sus enemigos" (p. 518).
Para sustentar una interpretación tan radicalmente antirrepublicana e inequívocamente derechista, Moa no sólo se apoya en exclusiva en aquellos protagonistas e historiadores que redundan en favor de sus propósitos (con especial privilegio para José María Gil Robles, líder de la CEDA, entre los primeros; y de La Cierva entre los últimos). También adopta el papel de comisario inquisidor furibundamente crítico, desde una perspectiva de supuesta superioridad moral, con todos los testimonios adversos de protagonistas (especialmente de Manuel Azaña e Indalecio Prieto) e historiadores (empezando por su "bestia negra", el hispanista Paul Preston, y continuando con Santos Juliá, Angel Viñas, Juan Avilés y un largo etcétera que prácticamente cubre a la inmensa mayoría de especialistas en la época).
Al margen de la mayor o menor virulencia de esas críticas (atribuibles a la idiosincrasia personal o a la vehementia cordis del ensayista político y propagandista), lo peor desde un punto de mira historiográfico es la persistente obliteración por parte de Moa de todas las complejidades del tema que pudieran afectar a la cerril coherencia de su interpretación apriorística. A título de mero ejemplo, no cabe explicar el fracaso del reformismo azañista en el primer bienio aludiendo sólo a su "debilidad" política o al "cáncer" de la subversión anarquista (por lo demás, relativamente ciertas y operantes). Una explicación integral y desprejuiciada recelaría del monocausalismo y atendería (lo que no se hace) a cuestiones tales como el eficaz obstruccionismo parlamentario de las derechas antirrepublicanas, la crucial negativa radical a mantener la coalición originaria de abril de 1931, el impacto de la Gran Depresión sobre la viabilidad del proyecto económico reformista, los propios desaciertos de gestión política gubernativa en materia religiosa, agraria, etc.
Tampoco resulta admisible la conversión de la dinámica política del quinquenio en una especie de pugilato personal donde Gil-Robles asume el papel de solitario y honesto héroe pacificador y Azaña (sólo o con Prieto, por no decir con Largo Caballero) representa al villano mendaz o inconsciente. Puestos a la difícil tarea de evaluar responsabilidades personales y políticas en el fracaso republicano, es particularmente injusto (por falta de veracidad) tildar a Azaña de "promotor abierto del extremismo" (p. 103) mientras Gil-Robles aparece como "conciliador, cuando no medroso y acomodaticio" (p. 172). Entre otras cosas (y dejando al margen el extremismo nada "reactivo" de "fuerzas conservadoras" como el monarquismo alfonsino, el carlismo y el falangismo), el propio Moa reconoce que la CEDA "tenía carácter antiliberal y corporativista", en tanto que su líder "aceptaba sin alegría la democracia, por considerarla proclive a la demagogia y la revolución" (pp. 165 y 216). De ser así (como era, en verdad), habría que concluir que alguna parte de las reservas de republicanos y socialistas sobre su lealtad constitucional y democrática no eran tan burdas e infundadas, con independencia de su oportunidad política o sentida sinceridad. Incluso procede preguntarse: ¿cabe explicar la inestabilidad de la colaboración entre la CEDA y el Partido Radical (nada menos que cinco gobiernos desde su victoria absoluta en noviembre de 1933 y hasta marzo de 1935) sin tener en cuenta esa desconfianza de los últimos (reforzados por el presidente Alcalá Zamora) sobre la lealtad al régimen de los primeros? En todo caso, el delirio maniqueo que informa el trabajo llega a su paroxismo al suponer sin rubor que el asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio de 1936 fue un verdadero "crimen de estado" en cuyo origen y responsabilidad "pudo haber estado Prieto" (p: 323).
El conjunto de despropósitos reduccionistas que lastran la obra de Moa responde a su interpretación dualista de la dinámica socio-política española como un combate frontal entre "fuerzas conservadoras" (incluyendo tanto a reaccionarios carlistas como al centro republicano radical) y "fuerzas revolucionarias" (incluyendo a anarquistas pero también al republicanismo azañista que "había abierto anchas puertas a la revolución, no sólo porque se había proclamado amigo de ella, sino, sobre todo, porque era muy endeble"). Y no se trata de una miopía ocasional que impugne la tesis más habitual (y a nuestro juicio más correcta) según la cual el conflicto español, como el europeo coetáneo, era una tensión triangular en la que el reformismo democrático hacía frente a la doble tenaza de la reacción autoritaria y la revolución social. Por el contrario, según Moa, ese combate dualista se origina en el mismo inicio de la época contemporánea, con la Revolución Francesa de 1789, "nido del totalitarismo actual" y "también, como reacción a ella, del conservadurismo" (p. 149). No en vano, "la experiencia revolucionaria francesas y sucesos posteriores parecían justificar la acusación ultraconservadora de que el liberalismo abre paso a nuevas tiranías" (p. 153). En otras palabras, según esta renovada tesis filo-tradicionalista, el combate sólo enfrentaría a conservadores (mejor: reaccionarios) y subversivos (mejor: revolucionarios), dado que los liberales o demócratas (para entendemos: reformistas) meramente abren el camino a los segundos y preparan su triunfo en calidad de cómplices involuntarios o tontos útiles.
Tales ideas son tan peregrinas que hace mucho tiempo que desaparecieron del discurso historiográfico por su incapacidad para dar cuenta del curso real de los procesos. Ante todo, porque en 1789 y con posterioridad no sólo surgieron esas dos alternativas (conservadores y jacobinos, en equívoca terminología de Moa) sino otra mucho más efectiva y duradera: la alternativa liberal-representativa que se afianza en casi toda Europa a lo largo del siglo XIX y que va convirtiéndose en liberal- democrática desde finales de la centuria. Y, en segundo orden, porque la propia historia española del siglo XIX desmiente esa bipolaridad dualista, pese a la insistencia del autor en percibir bajo ese prisma los conflictos entre moderados y progresistas (con abierto olvido de que eran ambos liberales y enfrentados por igual en combate triangular con los reaccionarios carlistas y con los revolucionarios colectivistas).
En estas circunstancias, ¿cómo es posible ese notorio empecinamiento interpretativo aplicado con reiteración al devenir de la historia española contemporánea? A nuestro leal y falible saber y entender, sólo cabe una explicación sensata y convincente. No estamos ante una obra de historia stricto sensu ni por modus operandi, ni por finalidad, ni por fuentes informativas. Utilizando las propias palabras del autor, nos atreveríamos a concluir que en la génesis de este libro "ha influido menos el deseo de clarificar la historia que una motivación de otra índole: política y propagandística" (p. 550). Conviene saber este hecho para juzgar el libro y estimar sus argumentos con la debida propiedad, porque más de una vez sucede que las verdades a medias producen igual distorsión dañina que las mentiras más flagrantes y patentes.